Pep Guardiola




Pep Guardiola: "Critica todo lo que quieras. Nunca podrás ser más crítico conmigo que yo mismo" 

Tendemos a refugiarnos en nuestras convicciones y certezas, en todo aquello que nos genera sensación de seguridad y bienestar. Los psicólogos lo denominan "zona de confort". Consiste en permanecer cómodos en nuestro estatus y rechazar cualquier modificación sustancial del mismo. Muy a menudo la sensación de estancamiento que percibimos en nosotros mismos es el reflejo de esta voluntad de permanecer en la zona de confort. Sin embargo, los avances científicos, las creaciones artísticas, los progresos industriales o las evoluciones del pensamiento siempre han sido fruto de dos vectores: la ruptura con la comodidad y la búsqueda de nuevos paradigmas. El ser humano avanza gracias al cambio. 

Una de las razones por las que Pep Guardiola es tan incomprendido –y, probablemente, también tan admirado– es su ansia constante por cambiar. Este ansia cubre cualquier perspectiva: la táctica, la estrategia, la gestión del equipo, la duración de su contrato y hasta el restaurante donde acostumbra a comer dos días antes de los partidos (uno de sus rituales). Guardiola vive instalado en el cambio. 

Se marchó del Barcelona para conocer otras culturas y aprender disciplinas que creía necesitar para su trabajo de entrenador. En Nueva York, durante el año sabático que se tomó, visitó algunos de los mejores núcleos de excelencia en disciplinas muy diversas y que a priori parecen alejadísimas del fútbol como, por ejemplo, hospitales especializados en terapias paliativas contra el cáncer o laboratorios tecnológicos de comunicación grupal. Allí donde va, Guardiola muestra una curiosidad casi infantil por conocer los detalles de cualquier actividad que le resulte desconocida porque cree que esas enseñanzas le ayudarán a avanzar e innovar y evitarán que se estanque plácidamente instalado en su zona de confort. En esta curiosidad voraz se halla el germen de su evolución y Pep tiene plena conciencia de ello. 

Se impone así mismo viajar, conocer gente nueva y, sobre todo, gente que no pertenezca al mundo del fútbol, que realice actividades alejadas del mismo. ¿Cómo se entrena la nadadora Katie Ledecky? ¿Cuántos días puede escalar montañas Kilian Jornet sin comer y qué métodos utiliza para sobrevivir? ¿De qué manera han construido los All Blacks de rugby una profunda cultura de equipo? ¿Cómo gestiona Woody Allen el ego de los actores? ¿Cuáles son los últimos avances del MIT de Massachusetts en gestión de grupos? Naturalmente, él cuenta con una ventaja importante: puede acceder con mayor facilidad que otros a estos conocimientos directos. Muestra una curiosidad inagotable. 

No se mueve solo por la mencionada curiosidad, sino también por interés profesional: está convencido de que podrá aplicar al fútbol las enseñanzas recibidas. Esta es la razón por la que se reúne con entrenadores de rugby, jugadores de ajedrez, directores de cine, alpinistas o premios Nobel de Economía: quiere aprender de ellos, conocer nuevas disciplinas y encontrar pequeños detalles que incorporar a su trabajo como entrenador. Sabemos que Guardiola es un obseso del fútbol, al que dedica la mayor parte de sus horas, y uno de los instrumentos que emplea es la transferencia de conocimientos entre disciplinas. No es nada extraño que algunos de sus principales mentores sean personas surgidas del balonmano o el voleibol, al fin y al cabo hay grandes fundamentos de otros deportes que son perfectamente transplantables al fútbol. Haré una matización importante. Pep es un tipo llano y sencillo y no aplica de forma barroca los conocimientos que aprende, sino que los engulle, los digiere y de lo aprendido extrae una lección simple que implanta en el fútbol. No escucharemos a Guardiola empleando lenguajes sofisticados o de difícil comprensión: cuanto más aprende, más simplifica sus mensajes. 

Alemania ha cambiado profundamente a Pep. Este es un mérito de los alemanes y de su fútbol, que tiene peculiaridades muy interesantes; pero también es mérito del entrenador, que acudió a Múnich con sus ideas, comprendió las diferencias culturales alemanas, y se adaptó a ellas como un camaleón, consiguiendo no renunciar a los fundamentos que le dan identidad a su juego. Esto no es fácil de conseguir y no es algo específico del fútbol, sino que nos topamos con casos similar es en cualquier ámbito de nuestras vidas. Por lo general, queremos imponer nuestras ideas sin revisarlas, adaptarlas al contexto o renovarlas. O bien hacemos justo lo contrario: renunciamos a nuestras propuestas y asumimos por completo las que nos imponen nuestros jefes, compañeros o rivales. En el caso de Guardiola, su mérito reside en encontrar una proporción equilibrada entre lo suyo y lo aprendido de otros. Su propuesta es irrenunciable, pero le añade todos aquellos conceptos que observa alrededor y así enriquece su catálogo. En mi opinión, lo más importante que ha conseguido Pep en Alemania no son los trofeos sino la demostración de que las personas tenemos una amplia capacidad para cambiarnos a nosotras mismas. 

Las ideas de juego son como un idioma. O las aprendes de pequeño o sufres para aprenderlas de mayor. En el Barcelona, la mayoría de jugadores habían aprendido de pequeños a jugar de esta manera –se denomina "juego de posición"–, pero en el Bayern fue necesario un gran esfuerzo de enseñanza por parte de Pep y una gran voluntad de aprendizaje de los jugadores. El proceso, por lo tanto, fue lento pero fructificó, y al cabo de un año el Bayern jugó como quería el entrenador. Para conseguir este resultado, Guardiola modificó bastantes de sus ideas y las adaptó a la realidad del fútbol alemán y a las características de los jugadores. No fue una imposición, sino una tarea de convencimiento en la que el entrenador también cambió muchos conceptos que parecían inamovibles en su ideología. Jugadores y entrenador se adaptaron entre sí hasta encontrar una fórmula en la que todos pudieran expresar sobre el campo sus mejores cualidades. Fue un proceso de ponerse en la piel del otro. 

Sobre todas las cosas, Pep es trabajador. No cree tener demasiado talento como entrenador. Es una afirmación tan chocante como cierta. He hablado muchas veces con él sobre este asunto y siempre concluye la charla del mismo modo: "Yo solo soy un currante". Los demás vemos en él a un entrenador brillante; Pep se ve a sí mismo como un entrenador normal que debe compensar con mucho trabajo la ausencia de un talento especial. Seguramente no es un fenómeno demasiado extraño y con toda probabilidad conocemos a alguien que piensa de un modo parecido y compensa con mucha dedicación lo que él interpreta como ausencia de talento. 

Como parece obvio, Guardiola es muy autocrítico consigo mismo. Una de las primeras veces que hablamos, cuando aún nos conocíamos poco, me dijo: "Critica todo lo que quieras. Nunca podrás ser más crítico conmigo que yo mismo". Durante los últimos años he comprobado que es cierto, hasta tal punto que en ocasiones le he visto demasiado exigente consigo mismo. A veces parece que le atormenta no haber previsto una situación que se da en el partido o no haber ayudado suficiente a un jugador a corregir determinados errores y se culpa de ello. 

El Guardiola que llegó a Mánchester en el mes de julio era muy distinto del que aterrizó en Múnich tres años atrás y pronto se han advertido esos cambios. Los aficionados encontraron a un tipo más abierto e informal; los jugadores, a un entrenador franco, receptivo y que de entrada le explicó a cada uno lo que esperaba de él. El primer día, Pep fijó su objetivo fundamental: crear un espíritu de equipo. Esta es una inspiración que adquirió de los All Blacks, los campeones mundiales de rugby. El espíritu de equipo como plataforma a partir de la Su etapa en el Manchester City se plantea como la más difícil de toda su carrera. No ha recibido una plantilla de estrellas –como en el Bayern– ni un equipo con identidad de juego. Un edificio por hacer. que construir un modelo de juego eficaz, sostenible y proactivo que permita conquistar trofeos. Es muy relevante el orden de prioridades que señaló Guardiola en su presentación. No dijo: ganar títulos, jugar bien y cultura de equipo. El orden de prioridades que señaló fue este otro: crear un espíritu de equipo, que los aficionados se sientan orgullosos de nuestra manera de jugar y conquistar trofeos. Es decir, que ganar sea la consecuencia de la forma de jugar y que la forma de jugar sea el resultado de construir una sólida e identificable cultura colectiva en el vestuario. 

*Artículo originalmente publicado en el número 225 de GQ.
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