El Che Garcia y la mascota



El DT Néstor García tiene cientos de anécdotas, pero esta es, por escándalo, la mejor. Historia verídica con toques de ficción. 

No existe persona más solitaria que un entrenador de básquetbol. Vive en el ojo crítico de todos: la prensa lo hostiga, la dirigencia lo presiona, los jugadores lo reprochan por detrás. Y aunque su asistente, el cuerpo médico y el utilero sirvan de vínculo armonioso, cuando está ahí, parado o hincado, pegado a la raya lateral, tomando decisiones, nada ni nadie existe a su alrededor. Así viven. Así quieren vivir. Es parte de su desarrollo profesional. Será parte eterna de su trabajo. 

Es imposible no quedarse pasmado viéndolo. ¡Es genial! Ni googleando durante horas en busca de una mascota top de la NBA se encuentra a un personaje tan maravilloso como el Lagarto Max. Le soy sincero hasta el límite de mi franqueza: el simple hecho de recordarlo en acción me pone los pelos de punta. No logro dejar de sonreír. Y mucho menos consigo perder un gramo de admiración por ese tipo que –imagino-, asfixiado dentro de un traje y con un promedio de 35 grados de temperatura, jamás deja de sorprender con sus cualidades atléticas, su impronta sentimental, su desparpajo como comediante. 

Las Langostas de Cozumel es un equipo de la Liga Mexicana que recién en los albores de 2000 nació como club. Enclavado en una de las más maravillosas islas del Mar Caribe, tiene un estadio para cinco mil personas. Ni muy grande ni muy pequeño. Simplemente justo para que en cada partido no quede ninguna butaca vacía. Las Langostas se meten por primera vez en el Final Four de la Liga de las Américas, el torneo por excelencia del continente. Si bien es un club con escasa historia, supo ser desde sus orígenes un destino de constante elección de los jugadores de renombre, quienes, incluso, resignan monedas para vivir una temporada plena en semejante paraíso. 

El dato estadístico lo dice todo: Las Langostas ganaron las tres últimas ediciones de la Liga Mexicana. Es el equipo furor del país. Pero su presidente, Vicente Escobar, un multimillonario pretencioso, inagotablemente insatisfecho, desea más. Ser campeón de las Liga de las Américas lo desespera. No se trata de un ex jugador. Ni siquiera tuvo, de pequeño, contacto alguno con una bola de básquetbol. El gusto lo adoptó de grande, cuando en un viaje relámpago a Miami, agotado de tanto caminar detrás de su esposa en los mega shoppings, decidió huir desesperadamente, topándose con el estadio de el Heat, y conociendo, de sopetón y sin proponérselo, el mágico mundo de la NBA. De regreso a su ciudad, Cancún, ideó el plan: eligió Cozumel como base y nació su “franquicia”. Cosa de adinerados. 

Una hora falta para el inicio del partido. Y es una religión: cada fan desespera por sacarse una foto con el Lagarto Max. Al igual que Vicente Escobar, su jefe, a Federico Doná, el crack que se esconde en el traje verde chillón, el básquet le tocó a su puerta de pura casualidad. Es que Don Escobar, que se había quedado encandilado por la mascota del Heat de Miami, lo primero que hizo al crear su club fue buscar a la persona que cumpla con ese rol. El casting lo hizo en el exclusivo hotel Sandos de Playa del Carmen. Como todo ricachón, el ego le brota hasta por debajo de las uñas, y no necesitó acompañantes para evaluar a cada postulante. Una silla, un escritorio, un salón de cuarenta metros cuadrados pero crudo, seco. En poco más de 6 horas vio pasar a los 127 muchachos y 2 muchachas que en un par de minutos perdieron toda chance de quedarse con el trabajo. No hay caso. Don Escobar es pretencioso en serio… 

Cansado, pero más desilusionado aun, Vicente Escobar llamó a su chofer. Casi ni le dirigió la palabra en los 45 minutos del tramo Playa del Carmen-Cancún. Pero en la puerta de su mansión, justo antes de bajar, el multimillonario reaccionó: recordó cuán carismático es su chofer, un cubano con más sabor que el chocolate suizo, con más simpatía que Miss Universo. Uno de esos tipos que nacieron para dar alegría, con una sonrisa pintada por Dalí y un alma más generosa que la de la Madre Teresa de Calcuta. Y por si poco fuera, con un físico superdotado, combo de genes paternos y doce años a pleno haciendo gimnasia deportiva en La Habana. Vicente Escobar no tardó ni dos segundos en proponerle a Federico el puesto de mascota. El chofer, encantado. Los resultados están a la vista: su itinerario, pulido, mejorado, perfeccionado con el paso de los partidos, se roba la atención de todos. ¡De todos! Baila con los árbitros, comparte minutos con los más chicos haciéndoles painting face, le regala flores a sus madres, seduce a las promotoras, bromea con los rivales, les cambia las tablitas tácticas a los coachs, regala merchandising y rompe el molde en el entretiempo al atravesar, con la luz tenue y un seguidor sobre su espalda, el largo de la cancha por una soga colgante que lo deposita cerca de uno de los aros, enterrando la pelota justo cuando suena el estribillo de “I believe I can Fly” (Creo que puedo volar, de la banda sonora de Space Jam). Eso y mucho más. ¡Pero mucho más! Sensible, carismático, explosivo. Top. 

Todo listo. La gran definición del Final Four se puso en marcha. Pese a jugar en casa, el rival de Las Langostas de Cozumel es bravo. Los Leones de Santo Domingo llegaban como candidatos con un verdadero equipazo. Ah, y liderado por el entrenador del momento: Pablo Paz, un portorriqueño lírico, entrador y, más importante aun, muy talentoso en su labor. El 93 a 76 final en favor del elenco Dominicano no dejó dudas. Pese a que los mexicanos morían (bah, su presidente) por debutar en la Liga de las Américas con una vuelta olímpica, se quedaron con las ganas. En la Conferencia de Prensa, Pablo Paz, altanero, acostumbrado al éxito y con esa tonada boricua cóctel de español e inglés, volvió a ser impulsivo sin siquiera recibir la primera pregunta: “Debo reconocer que me costó concentrarme en el partido luego del primer tiempo muerto. Cuando escuché la ovación de las gradas no pude evitar darme vuelta para observar qué sucedía, y la verdad es que me di cuenta rápido el porqué de tanto ruido. ¡Qué genial esa mascota, madre mía!”, soltó el coach. Don Ernesto Vicente, pese a su enojo por el subcampeonato, no pudo evitar presenciar la conferencia de prensa. En el fondo del salón, parado y manteniendo su perfil de orgulloso, aunque creyendo que durante un largo tiempo nada lo haría sonreír, al menos hizo la mueca con las comisuras de sus labios al escuchar esa frase del DT rival. 

Tres semanas más tarde, Pablo Paz aterrizó en Cancún. Al magnate no le tembló la mano al meterla en su billetera para contratar al entrenador que había sido su verdugo. Paz, con su eterno bronceado y su particular elegancia al vestir, abordó la lujosa camioneta que lo llevaría a su nuevo hogar en Cozumel. El chofer, admirado por la presencia, no pudo con su genio y soltó el diálogo: 

-Señor Paz, es un placer recibirlo en nombre de Don Escobar y todos los que trabajamos en Las Langostas. 

-Bueno, amigo, pienso lo mismo, es un placer poder vivir la experiencia de trabajar en una franquicia tan poderosa pese a su corta edad. ¿Cómo es tu nombre? 

-No hace falta, no hace falta… Usted me conoce bien. 

-Le pido disculpas, pero debo reconocer que mi registro visual me ha dejado mal parado varias veces. Es un habitual problema que tengo el de no reconocer rostros. Le vuelvo a pedir perdón. 

-Le puedo asegurar que usted me conoce, coach. A Pablo Paz ya no le gustó tanto la conversación. Incómodo, el DT sólo deseó llegar lo más rápido posible a destino para no tener que escuchar más al parlanchín chofer. Pero en diez segundos cambió la opinión: 

-Sí, sí… Usted me conoce. Yo soy Max, el Lagarto, la mascota del equipo. 

-¡Nooooo! ¡¿De veras?! ¡Eres un fenómeno! Mira que tengo años trabajando en mi profesión, y he recorrido infinidad de equipos y países, pero jamás me deleité tanto con una mascota como contigo. Y ahora que tengo la posibilidad de decírtelo, te felicito. Eres muy bueno en tu trabajo. 

-Pienso lo mismo de usted, entrenador. 

-Pero dime, ¿qué haces trabajando como chofer? Tengo entendido que tu paga es realmente buena…  
-Es una larga historia, mejor se la cuento en otro momento, no lo quiero aburrir… 

Quizá no se trate de una entrañable amistad, pero la relación entre el cubano Federico Doná y el boricua Pablo Paz ganó cariño con el paso de los días. Por si algo faltara, antes de cada partido de local en la pintoresca Cozumel, el DT y la mascota compartían vestuario. Y mientras Federico se transformaba en Max, el entrenador calmaba ansias escuchando las gracias que la mascota haría ese día. 

Antes de salir a la cancha, el Lagarto siempre le dejaba algo en claro a Paz: “Cando usted necesite algo, sólo me lo pide, entrenador”. Pero, ¿qué podía necesitar un director técnico de una mascota? Nada. Absolutamente nada, por lo que casi de forma automática la respuesta siempre cayó de madura: “Sí, sí, gracias”, devolvía Pablo, ya enfocado en el partido. 

Las Langostas ya habían dejado de ser sorpresa hace rato. El cuarto anillo de campeón de la Liga Mexicana se trató más de una obligación que de un objetivo. Para Don Vicente Escobar, otra vez, la gran obsesión era la Liga de las Américas. Al equipo no le costó ganar las fases previas para acceder al Final Four, que nuevamente tendría como sede a Cozumel. El sexto y último partido del fin de semana develaba el misterio: Las Langostas vs. Los Bombarderos de Caracas. Invictos, ambos equipos definían el título. 

Ninguno de los dos se sacó una diferencia mayor a cinco puntos a lo largo de todo el partido. ¡Partidazo! Dominio absoluto de los ataques por sobre las defensas para dibujar un goleo altísimo. Por si poco fuera, el Lagarto Max, ese día, estaba más maravilloso que nunca, desparramando su habitual repertorio y sumándole un contenido más estridente, ensordecedor con el público como base de tanta efusividad. Max no había buscado esa estrategia para meterle presión al rival. Simplemente estaba eufórico, desorbitado, tan deseoso de que su amigo/jefe alimente su ego con el anhelado título que no podía controlarse. 

Tensión: Las Langostas anotaron un triple clave con sólo seis segundos por jugar para ponerse 87 a 84 arriba en el marcador. Tiempo Muerto. Lionel Ceñera, el entrenador de Los Bombarderos de Caracas, reunió a sus muchachos. Y Pablo Paz hizo lo mismo para construir un plan defensivo, aunque justo en medio del minuto, de reojo, logró ver a Max arengando al público con sus brazos pero, a la vez, corriendo hacia la dirección de la banca local. Intrépida, con esa energía que tanto la caracteriza, la fenomenal mascota se colocó entre Paz y su asistente, Javier Marengo, abrazando a ambos y mirando a los jugadores. Aunque antes de retirarse soltó una frase sorprendente: “Triple de Petorossi desde el fondo de la cancha”, dijo de forma fulminante. 

A Pablo Paz se le paralizó el corazón. Giró bruscamente la cabeza hacia Max, con los ojos tan abiertos que casi explotan, hasta que su asistente lo ubicó en la realidad: 

-¡Pablo! ¡Pablo! ¡Termina de explicar la defensa! ¡No le vas a hacer caso a una mascota! 

Los seis segundos fueron suficientes para Los Bombaderos: Petorossi logró salir cómodo de una pantalla, y desde el fondo clavó un triple asesino, demoledor. Tal como lo había anunciado el Lagarto Max. Tiempo suplementario. El ego de Pablo Paz no le permitió dialogar con sus jugadores en la previa del tiempo extra. Se sentía mal, acribillado psicológicamente, abrumado por esa frase que no podía quitar de su cabeza. Desconcertado, logró un instante de paz interior. Recordó las reiteradas oportunidades en las que Max, en el vestuario, antes de salir a la cancha, le decía que cuente con él para lo que necesitara, sin imaginar, ni en el más antiético de los pensamientos, que su mascota, pícara, se metería en el banco rival en un momento tan crucial de un partido para observar la jugada final y regalarle a su oído, segundos más tarde, ese tesoro de información. Claro, Max era tan reconocido, tenía tan buena relación con los árbitros, los entrenadores y los jugadores de todos los equipos, que nadie especuló con sufrir semejante atentado. 

Dos tiros libres de Nicolás Arceluz a cinco segundos del final volvieron a poner al frente a Las Langostas: 99 a 98. Tiempo muerto. Pablo Paz, parado frente a sus jugadores y con sus brazos en jarra, no dijo una sola palabra. Sobrepasado por la situación, y con el reojo exagerado, esperó lo que 40 segundos más tarde ocurriría: Max, mientras arengaba al público, corrió hacia la banca, volvió a abrazar al DT y a su asistente, y gritó: “¡No entendí nada, no entendí nada!”. Y se marchó. 

Los diez segundos del tiempo muerto que le quedaban a Pablo Paz los usó para volver a mirar a Max con esos ojos abiertos a punto de explotar. Desesperado, atónito, sólo atinó a decir: “¡No foul y no rompimiento!” Aún nadie entiende cómo Daniel Zamparo, el pivot más importante de los Bombarderos, falló el tiro debajo del canasto en absoluta soledad. Las Langostas de Cozumel habían logrado el tan preciado anillo de campeón de la Liga de las Américas. Federico Doná, aún en la piel de Max, corrió en busca de Don Vicente Escobar, quien, desaforado, no paraba de dar saltos de felicidad en su palco VIP Plus. Los jugadores, exultantes, generaron un volcán humano en la mitad de la cancha. Y Pablo Paz, tirado sobre la mesa de control, rendido, mirando sin mirar, escuchando sin oír, notó, una vez más, que la vida del entrenador está destinada a ser caminada en la más oscura soledad; aunque esta vez, descifrando que tal hermetismo es una herramienta generada por propia voluntad y deseo.




Por Carlos Altamirano
Periodista. Relator de básquet de DirecTV y DeporTV.