Tras haber dirigido en siete países, esta temporada se encuentra en su primer experiencia en Europa.  A sus 52 años de edad, ha sido entrenador de equipos destacados de las ligas de Argentina, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela, Arabia Saudita, México y Brasil. Además, ha sido seleccionador de Uruguay y Venezuela y técnico ayudante en las selecciones de Puerto Rico y Argentina. 

En su haber cuenta con multitud de títulos, como el que logró con Peñarol en la liga argentina con menos de 30 años y que le convirtió en el técnico más joven en ser campeón liguero en su país. Posteriormente también triunfó con Boca Juniors, fue el primero en alcanzar la final de liga con tres equipos distintos, salió campeón en Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. Precisamente en el baloncesto venezolano es donde ha alcanzado los éxitos más sonados y recientes. Así, en 2016 fue campeón de la Liga Américas, máximo torneo de clubes, con el Guaros, mientras que como seleccionador llevó a Venezuela a ser campeona del Campeonato Sudamericano en 2014, ganadora del FIBA Américas 2015 y de nuevo campeona del Campeonato Sudamericano en 2016. Todo ello con la guinda de la participación de los venezolanos en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

-Después de Venezuela, siempre te van a exigir el doble 
 -Uno se dedica a este trabajo para llegar lo más arriba posible. Tuve la suerte de jugar muchas finales en mi carrera. Después podés ganar o perder. Pero me preparé para esto. Que me exijan está bien, no vivo de lo que ya pasó. Soy entrenador profesional desde los 24 años y yo también exijo mis cosas. 

-¿Imaginaste que ibas a dirigir en tantos lugares? 
-Gracias a la influencia de Julio Toro, que es mi maestro, siempre quise desarrollar mi carrera a nivel internacional. Por eso yo he estado en cuatro selecciones. Fui ayudante en Puerto Rico, dirigí Uruguay, fui asistente en Argentina con Julio Lamas, y después Venezuela. Siempre fue así, porque quise aprender de distintas culturas. 

-Sergio Hernández, dice que la vorágine de competencia diaria vuelve un poco tonto al DT, ¿Lo creés así? 
-Coincido con él, pero me gusta ser un poco estúpido (risas). Coincido porque nuestra profesión, por momentos, quema. Hay días que te levantás y tenés tantas cosas en la cabeza que no sabés cómo empezar. Te desgasta mucho. Pero siento que tengo que seguir por ahora. Soy sostén de mi familia en muchas cosas. Siento que no puedo parar. Me siento bien de salud y físicamente. El día de mañana veré las consecuencias. 

-¿Qué fue lo que te hizo mejor entrenador? 
-Prepararme. Estudiar inglés, hacer cursos de coaching, leer de programación neurolingüística, hacer terapia con mi psicóloga, Elina, que es una genia. En la vida si no te preparás no llegás a nada. Ahora estoy por hacer un curso online de la universidad de Duke, sobre argumentos en presentación y contenidos. Es sólido para las cosas que uno tiene que trasladar. Yo no tengo problemas de irme por todos lados, pero tengo que buscarle contenidos a las cosas. Además, el contenido que te da un vestuario, una cancha o la calle, no te lo da un libro. Viajar, salir y estar prepardo, me cambió.

-Logró un cambio hacia una mentalidad basada en la defensa ¿Qué se necesita para que un jugador se convenza de una idea? 
-Principalmente, estar seguro de la idea. Nosotros vimos jugadores que se podían adaptar a esa idea. Hay que tener credibilidad, ser duro con la verdad y trabajar. Con todas esas cosas, si uno las va manteniendo, me parece que ya después vas logrando una identificación. Aquí hay siete jugadores que están desde el principio y eso me ha ayudado. 

-Ha pasado demasiado tiempo alejado de su familia desde el año pasado. ¿Cómo ha lidiado con un obstáculo tan difícil? 
-Ha sido mucho tiempo, mucho sacrificio. Hay que estar lejos de casa por casi 10 meses. Terminé la final de la LPB y a los cinco días me tuve que meter en la selección. Pero esto fue lo que yo elegí para mi vida y mi familia lo sabe. Está aceptado en mis seres queridos que este es mi trabajo y mi pasión. A la vez tengo claro que, cuando me voy a algún lado, es para tratar de llegar lo más alto posible, porque sino mis seres queridos no me justificarían que estuviese tanto tiempo lejos sin ser productivo. Es la presión más grande que tengo (...) por ejemplo, cuando ganamos a Canadá, mi hijo me mandó un mensaje y me decía que estaba feliz, que lloraba y todo eso. Pero me comentó también que me iba a agradecer toda la vida por cómo los jugadores y yo nos plantamos en una cancha. 

-Vive muy intensamente lo que pasa en una cancha. ¿Así se traduce su pasión por el baloncesto? 
-Sí (risas). Voy a empezar a cambiar, porque ya estoy grande. Si un cardiólogo me dice que me tiene que hacer una prueba de esfuerzo, me le río. Yo lo vivo así. El día que no lo sienta más así, y que no sienta lo que me pasa en el estómago antes de un partido, me dedico a otra cosa. Me causa mucha adrenalina. Muchas veces también pega fuerte cuando las cosas no se te dan. Yo sé que doy la vida dentro de una cancha; todos los entrenadores la damos, pero yo siento que lo tengo que hacer porque, si no se da algo, es mi manera de quedarme tranquilo. Soy muy autocrítico conmigo mismo.



Fuentes: Prensa Fuenlabrada - La Nación - El Universal