-Desde el punto de vista del entrenador, ¿cuán difícil es encontrar funcionamiento o armar un buen equipo cuando hay muchos extranjeros en el plantel? En su caso son cuatro, y hay otros equipos con más cantidad. 
-Creo que es muy difícil. A mi criterio, hay muchos equipos y pocos nacionales, entonces se recurre a los extranjeros. En un principio nosotros buscamos extranjeros que conozcan la Liga, la idiosincrasia, el formato, la manera de viajar y entrenar, porque hace mucho más fácil la adaptación. Nosotros tenemos dos que están bajo ese concepto y dos que hacen su primera experiencia en Argentina, entonces es mucho más difícil todavía. Creo que hay varios equipos que hicieron una apuesta interesante, con un latino o español que están más cerca de nuestras costumbres. Pero, si me das a elegir, hubiese preferido jugar con dos extranjeros y el resto nacionales. Es lo que siempre dije en un principio. Pero las circunstancia nos llevaron a esta situación. 

-¿En qué momento te encontrás como entrenador? 
-En un momento de crecimiento, en un desafío muy importante. Ahora tuve que armar un equipo desde cero, en una ciudad donde no hay tradición basquetbolística, donde los objetivos son diferentes a los que tuve en mis dos años como entrenador en Peñarol. Son todas cosas nuevas que estoy viviendo, que me están costando y me voy adaptando. En aquella época nosotros jugábamos con uno o dos extranjeros, y hoy en día tengo cuatro. Son muchas cosas que cambiaron, pero es parte de nuestra profesión. Hay que adaptarse y meterle cintura lo más rápido posible para que las cosas salgan como uno quiere. Soy un entrenador joven, tengo tres años y medio como entrenador en jefe y pude lograr varias cosas por suerte, un título de Liga, un ascenso a la A, un Súper 8. Son cosas muy fuertes en poco tiempo, pero hay que consolidarlo día a día porque nuestra profesión es bastante ingrata en cuanto a esto. Son más las decepciones, amarguras e ir con la cabeza gacha en diferentes situaciones que las alegrías. Hay que seguir creciendo en todo sentido. 

-¿Qué pensás que te dio el título en el TNA, más allá del resultado en sí? 
-En ese momento estaba buscando otro rumbo, hasta pensé en dejar la profesión. Pero la insistencia de la dirigencia de Comunicaciones, que lo hicieron durante cuatro o cinco meses hasta que les dije que sí, hizo que revalidara de cierta manera lo que me gusta, mi pasión y lo que de cierta forma es lo que mejor sé hacer. Pasar del hecho de estar frustrado durante un tiempo largo a armar un gran grupo en el TNA y terminar con un ascenso en un torneo de 26 equipos, es para valorar. En su momento Carlos Duro me dijo “llegaste al grupo selecto de entrenadores que lograron un campeonato de Liga y TNA”. Uno no se da cuenta hasta que te lo dice alguien, y no es fácil. Todo eso hace que me ponga muy contento, que el esfuerzo que uno hace de dejar la familia y estar lejos se consolide con un logro. 

-Pensando en lo que viviste, y en eso de retomar el camino de la pasión por tu profesión. ¿Fue muy difícil hacerlo por el camino del TNA? Porque quizás la cabeza puede jugar y pensar que, después de ser campeón de Liga menos de dos años atrás, ir a la segunda división es un paso atrás. 
-Fue difícil pero no por ese lado. Lo mío quizás es como la película Déjà Vu, porque empecé al revés. Mi primer año como entrenador en jefe fue en un equipo multicampeón y consiguiendo más títulos. Ahí empecé hacia al otro lado. Y nuestra profesión generalmente es al revés, se suele empezar en un equipo de TNA, o cuando llegás a la A es en un equipo sin tanto presupuesto. Lo mío fue anormal y salió bien por suerte. Esta vez, me fue difícil ir al TNA pero no por una cuestión de retroceso sino por desconocimiento del torneo. Si bien lo seguía por estadísticas o ver los partidos, una cosa es eso y otra cosa es estar adentro, vivirlo. Pero me apoyé mucho en los jugadores que tenían varios años en la categoría, quienes a partir de sus conocimientos me fueron actualizando. Por suerte terminó todo de la mejor manera. Hoy salís a la ciudad y todas hablan del equipo, y en parte fue por nuestro trabajo y el de aquel grupo. Fue algo único para mí. Fue algo que me permitió aprender y ver otras realidades. 

-Analizando todas las situaciones que te tocó vivir, ¿qué es ser entrenador de básquet en Argentina? 
-Es dar examen todos los partidos, todos los días. Es algo muy desgastante. Los argentinos vivimos todo muy sanguíneo y no debería ser así. Es fracaso o la gloria, pero hay muchas palabras intermedias que hacen a la cuestión. La Selección de fútbol lo acaba de vivir con los últimos partidos, la Argentina es así. El básquet va medianamente por ese lado. Nosotros habíamos sido campeones de la Liga Nacional y el Súper 8 con Peñarol, y a los 20 días me puteaba la gente hincha del club. No había empezado el torneo y veníamos de ser campeón. Lamentablemente, somos así. Así que ser entrenador es eso, es un examen todos los días, pero también prepararse de la mejor manera, estar actualizado. Los entrenadores argentinos somos muy buenos tácticamente y nos hace diferentes. El nivel de nuestros entrenadores es muy bueno, se actualizan constantemente y eso te empuja a prepararte para estar a la altura. 

-¿Vale la pena pasar por esos mayores momentos malos o ingratos que decís, ese sufrimiento, para vivir una alegría o satisfacción que puede ser pasajera? 
-Lo que pasa es que el entrenador es medio especial, medio masoquista por decirlo de cierta forma. El entrenador es raro, no es una personal normal. Uno tiene pasión. Pensá que el que está acá arrancó hace muchos años con una escuelita de pre mini. Nunca imaginé en mis primeros entrenamientos de escuelita en Gimnasia de La Plata que iba a ser entrenador de Liga Nacional, nunca tuve ese objetivo. Sí quería ser asistente, lo tenía como meta. Pero se fue dando de esa manera, y mirás para atrás y tenés un recorrido muy largo. Debo tener 30 años de entrenador en diferentes categorías. Los entrenadores tenemos pasión, dedicación. Yo soy docente, me gusta ver los progresos. Y todo eso hace que valga la pena. Y te lo digo desde un lugar de haber ganado más de lo que perdí, como asistente o entrenador. Pero son más los momentos ingratos que los buenos. Y de eso también nos nutrimos, nos ponemos más fuertes, nos hacer más competitivos. 

-¿Hay mucha diferencia entre ser entrenador principal y asistente? 
-Sí, hay muchísima diferencia. Pero es cuestión de adaptarse y tratar de llevarla a cabo de la mejor manera. Yo recuerdo que, cuando salí campeón con Peñarol, muchos asistentes de Liga A me mandaban mensajes agradeciéndome, porque era una manera de abrir las puertas para que los dirigentes de los demás clubes vieran que los asistentes podrían llegar a ser entrenadores de los equipos. Hasta ese entonces, no estaba mucho esa mirada del dirigente con el asistente. Más allá del enorme plantel y jugadores que teníamos, hay que armar el equipo y no es fácil, y por suerte salió redondo. Yo estuve ocho años como asistente de Liga A, y recibir esos mensajes de mis colegas fue gratificante. Sin quererlo ni buscarlo, eso me puso muy contento y me quedó un buen recuerdo. 

-¿La transición entre las funciones es muy difícil? 
-Creo que sí. Pero yo tuve ventajas. Pensá que yo era asistente de Sergio Hernández, y él estaba con los torneos internacionales de la Selección, y yo empezaba la pretemporada y dirigía los partidos de la Copa Argentina. Eso me vino bien. Fueron muchos años de él en la Selección en los que yo llevaba la pretemporada con el profe, que dirigía los partidos iniciales. Todas esas cosas, como vivir clásicos a estadio lleno, me fueron curtiendo y fueron importantes a la hora de hacer la transición. Sin esa situación, quizás es un poco más chocante. Es cuestión de ver la personalidad de cada uno, ver cómo se adapta.

Fuente: Prensa CABB